
En mi habitación, sin yo saberlo, hice de mi mesilla un altar, con una muñeca antigua, un armario joyero, un pañuelo de seda, una caja de recuerdos y un frasco de perfume. Así que cada noche comenzó a visitarme una musa, que impregnaba mis sueños de imágenes preciosas, revelándome historias fantásticas, de otros mundos y otros tiempos... pero al despertar, no conseguía recordar apenas nada, tan sólo una extraña sensación de ingravidez y de aturdimiento, de confusión ante todo lo que me rodeaba, como si no perteneciera a este lugar, hasta que recuperaba de nuevo la cordura, aunque cada vez con más dificultad. Hasta tal punto que comencé a desear que llegara la noche, y el dia se convertía tan sólo en un pretexto, una sala de espera, un pasillo de paredes blancas en el que, al apagar la luz, me conducía a ese otro mundo al que realmente pertenecía.